domingo, 19 de febrero de 2017

Crítica: “Relentless Desire / Shadows of Yesterday”, de Sandra Brown



Tópico harlequinero: segunda oportunidad
Warner Books, mayo 1992
Diseño de portada: Jackie Merri Meyer
Fotografía de portada: Herman Estevez
Caligrafía: Carl Dellacroce


DATOS GENERALES
Título original: Relentless Desire
Subgénero: contemporánea/Genérica
Fecha de publicación original en inglés: marzo de 1983
Serie: Second Chance at Love (SC) - 106
Reedición en 1992 como Shadows of Yesterday

SINOPSIS
Para ganarlo todo, una mujer debe arriesgarse a perder…
LEIGH. Estaba terroríficamente sola en una autopista de Texas a punto de dar a luz a su primera hija cuando un tipo duro y desconocido, detiene su camioneta pickup para ayudarla. Perdió a su marido hace ocho meses, cuando él murió trágicamente mientras trabajaba. Este profético encuentro en una solitaria autopista llevó a un hombre nuevo y guapo a su vida… y aun así era un hombre con secretos, y el poder de romperle de nuevo el corazón.
CHAD. Está en un negocio peligroso, y su pasado es un misterio que mantiene cuidadosamente oculto. Está decidido a lograr que Leigh se preocupe por él, pero no hay garantía de que el amor que él siente pueda protegerla de sus propios y tremendos miedos.
¿Entra dentro de “Lo mejor de la novela romántica”?
No, la verdad.

CRÍTICA
Le tengo muchísimo cariño a esta novela. Con ella descubrí a Sandra Brown, allá en el año 1996. Al menos, esa es la fecha que aparece dentro, con el sello de la librería Salas de Barcelona, 500 pesetas me costó.
La he leído unas cuantas veces y me sigue pareciendo verdaderamente buena, dentro de lo que es el romance cortito o genérico tipo harlequin.
Sandra Brown la publicó en 1983, con su propio nombre, sin usar seudónimos, para Jove y su línea Second Chance at Love (“segunda oportunidad en el amor”). Su primer título fue “Relentless Desire” (“Deseo implacable”). Cuando la reeditó Warner Books en 1992 lo cambiaron por “Shadows of Yesterday” (“Sombras del ayer”), un título más melancólico. Pero sí, me sigue pareciendo muy apropiado para una historia de amor un poquito agridulce.
La releí allá por 2012, para hacer una crítica que publicó El rincón de la novela romántica. Y ahora me la he leído otra vez. Y aguanta, ya lo creo que aguanta. Pasa el corte con honores.
El tópico harlequinero no lo oculta, porque de hecho viene es el nombre de la línea en la que se publicó. Se trata de una historia de segundas oportunidades.
La historia empieza de una manera muy llamativa. A Leigh Branson, una mujer embarazada, le vienen los dolores del parto cuando está haciendo un viaje largo por una autopista tejana. Se orilla a un lado de la carretera. Recordad: es la época anterior al teléfono móvil, está sola, en mitad de la nada y en cuarenta y cinco minutos sólo pasan un par de coches.
Entonces una camioneta pickup se detiene. Su rescatador no es precisamente un caballero de brillante armadura: un hombretón desconocido, con gafas de sol y un poquito desharrapado. Aunque es amable con ella, Leigh no se confía hasta que se quita las gafas y distingue unos increíbles ojos azules.
Chad Dillon se da cuenta de que ella está de parto y como no van a llegar al hospital, la ayuda a dar a luz, de manera un tanto estrambótica, todo hay que decirlo, en la pickup. Luego la lleva, con su niña recién nacida, al hospital.
Hasta le lleva un ramo porque toda madre recién parida se merece unas flores. El gesto la conmueve, porque cree que este chico anda corto de pasta. Cuando Chad se asegura de que están bien, y de que los padres de Leigh vienen de camino, desaparece durante semanas.
Tiempo en el que Leigh no deja de pensar en él. Y él en ella, porque, por muy increíble que parezca a cualquiera que haya pasado por un parto (la situación menos romántica del mundo, a mi juicio) Chad se ha enamorado de Leigh a primera vista.
Quieren conocerse mejor. Se gustan y hay una innegable atracción física. Leigh le advierte que los rollos rápidos no le van, y Chad da a entender que eso no es lo que busca. Todo muy cortés pero apasionado. Que lo uno no quita lo otro.
Hay un detallito tonto que me encanta, porque es muy Sandra Brown. Él le da un beso rápido, y ella se echa a reír. Entonces Chad le pregunta qué pasa.
Ella: Nunca me había besado nadie que llevara un sombrero vaquero.
Él: Acostúmbrate.
Es una historia de amor sencilla de dos personas que se conocen, se gustan, superan algunos obstáculos que nacen más bien de sus propios miedos e inseguridades, se casan y tienen su final feliz.
El tópico harlequinero de la segunda oportunidad suele implicar un primer matrimonio no muy feliz, y aquí sigue la regla. Sería solo una experiencia imperfecta que permite apreciar mejor el amor verdadero.
Todo lo cuentan de manera muy humana, muy natural. Realmente no pasa nada, salvo la vida cotidiana y cómo van aprendiendo a confiar el uno en el otro y superar sus problemas. Leigh es viuda, su marido fue policía infiltrado y murió en una operación. No quiere volver a casarse con un marido de profesión arriesgada. Chad se da cuenta de ese miedo, y por ello le oculta cosillas para tener, al menos, la oportunidad de conocerse mejor. No le cuenta claro cómo se gana la vida o cuánto dinero tiene, ni que él también es viudo, o cómo murió su mujer. Leigh se enamora creyéndole un sencillo mecánico de aviones.
Chad se desvela poco a poco. La lleva a conocer su espléndida casa, le presenta a sus padres, a sus campechanos amigotes: todos la reciben con afabilidad. Le habla de su matrimonio… Y viendo cómo se enfada Leigh, te explicas por qué Chad va con pies de plomo.
El final feliz es creíble. El amor los ha hecho evolucionar. Leigh aprende a superar sus miedos. Chad encuentra en ella una compañera que ya es madre, suficientemente sólida para no temer que la vida la supere. Dejará una vida arriesgada más propia de un joven despreocupado y soltero y adoptará otra más estable, en la que lo importante son las relaciones interpersonales. Ambos aprenden que el pasado, pasado está; que tienen que gozar del presente para abrirse paso hacia el futuro.
No hay giros inesperados, ni subtramas ajenas a la historia de amor, contada sin prisa pero sin escenas de relleno. Como si fuera la de unos amigos tuyos, porque los personajes son muy agradables, cercanos y bastante creíbles. Hay un poquito de humor, mucho amor y su dosis generosa de escenas sensuales.
Admito que como le tengo tanto cariño a esta novela, igual no soy muy objetiva. Pero es que para mí fue toda una revelación, de un tipo de novelas y de personajes que yo no era consciente que existían: contemporáneas, protagonistas bastante naturales, chicos que hablaban con naturalidad y sin cursiladas, respetuosos con las chicas de la película. ¿Y ellas? Mujeres modernas, trabajadoras, de cuidado aspecto, fuertes y nada dadas a los aspavientos.
Una lectura ligera que no te exige pensar demasiado. El principio engancha, luego pasa una fase más calmada y se vuelve a animar hacia el final.
Valoración personal: en su estilo, buena, 4
 
Jove, marzo 1983
Se la recomendaría a: quienes gusten de sencillas historias de amor entre personas normales.

Otras críticas de la novela:
Como es habitual en libros tan antiguos, es difícil encontrar críticas.
En El Rincón de la Novela Romántica está una versión anterior de esta crítica mía.
En ingles, no he encontrada nada fuera de Good Reads.  

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