sábado, 25 de octubre de 2014

Cosas feas que pasan por ahí (1)


Hoy tenía pensado publicar crítica. Pero voy a contar un par de historias que preocupan a los integrantes de la blogosfera romántica estadounidense: un post hoy y otro -a ser posible- mañana.
 
Ya dije aquí, que de vez en cuando se arma la marimorena. Pero lo habitual es que la sangre no llegue al río. Lo que pasa en Internet se queda, por así decirlo, en Internet. Estos dos casos son diferentes porque, surgidos en la vida virtual, están afectando a la vida real de los involucrados.
 
El "efecto Barbra Streisand"
Ilustración de wikicommons
Ellora’s Cave contra Dear Author & Jane Litte

El primer caso se refiere a la página web Dear Author (Pongo el enlace, aunque justo en este momento, la página está off-line, confío en que volverá a estar disponible pronto). Publican críticas, reseñas de novedades, artículos de opinión y noticias sobre el género de la novela romántica. También los autores pueden someter anónimamente la primera página de sus novelas, y ver la opinión de la gente. 

Jane Litte publicó un artículo (14.09.2014) referido a una editorial estadounidense especializada en el subgénero del romance erótico. La editorial ha demandado a la sociedad propietaria de la página web y la redactora del artículo, pidiendo entre otras cosas, una indemnización de 25.000 dólares (19.730,88 euros que serían unos 3,282.942 pesetas) por perjuicios.

Cosas llamativas para un foráneo. Los elevados “costes legales”. Jane Litte ha adelantado 20.000 dólares de sus fondos personales y, a través de donaciones por internet de la propia comunidad blogosférica, ha recaudado otros 53.000 dólares en un fondo para Dear Author; luego se ha donado más dinero fuera del fondo de DA. ¿Para una reclamación de tres millones de pesetas el Abogado te va a costar el triple? Allí no recurren a tasas judiciales para limitar el acceso a los tribunales.

Como dice Courtney Milan “Esto es América [refiriéndose, obviamente, no al continente, sino sólo a su país, Estados Unidos], cada parte se paga su propio abogado”. 

Si la editorial no consigue ganar, sus costes, calcula esta autora, pueden dispararse hasta 150.000 dólares (unos 118.000 euros, vamos, que se acerca a los veinte millones de pesetas).

¿Es sólo un litigio entre alguien a quien le ha ofendido el post de un blog porque entiende que contiene mentiras infamantes? ¿Algo por lo que el resto no ha de preocuparse?

No lo creo. He leído artículos que rápidamente lo han relacionado con lo que yo entiendo que es defensa de la libertad de expresión, y advierten del peligro que supondría una estimación de la demanda. Lo puedes encontrar en blogs independientes. Independiente = que su finalidad principal no constituye ser un negocio financiado directa o indirectamente de las editoriales. ¿Ejemplos? Este artículo de All About Romance o este otro de SBTB sobre el "efecto Barbra Streisand" que puede tener la demanda.

Para los que estén más interesados, recomiendo las sucesivas entradas del blog de Courtney Milan, escritora y jurista (no sé si ahora ejerce o no como abogada), que intenta explicar lo que va pasando en términos sencillos. El último, hoy mismo.

¿Qué está en juego aquí?
Nuestra libertad depende de la libertad de prensa,
y esa no puede limitarse sin perderla.
Fuente: wikicommons

Creo yo que el derecho fundamental a ofrecer y recibir información veraz sobre temas de interés público.



Detalle leguleyo: Se recoge en el art.19 de la Declaración Universal de Derechos Humanos, así como en el art. 19 del Pacto Internacional de Derechos Civiles y Políticos. En el mismo sentido, el art. 13 de la Convención Americana sobre Derechos Humanos (conocida como “Pacto de San José de Costa Rica”). También el 10 del Convenio para la protección de los derechos y de las libertades fundamentales, hecho en Roma el 4 de noviembre de 1950, incluye, dentro de la “Libertad de expresión”, la “libertad de recibir o de comunicar informaciones o ideas, sin que pueda haber injerencia de autoridades públicas y sin consideración de fronteras”.          

En España, la Constitución también reconoce el derecho A comunicar o recibir libremente información veraz por cualquier medio de difusión” (art. 20.1.d). Sin que pueda restringirse mediante ningún tipo de censura previa (art. 20.2).

Ojo, no estamos hablando de opinar o entretener, sino de informar, y no sobre cualquier cosa ni de cualquier modo.

La información tiene que ser veraz. Lo cual no le obliga a que sea “verdad de la buena”. De lo que se trata es de no transmitir meros rumores, hacer insinuaciones insidiosas, sino que hay que investigar y contrastar.
 
Y el asunto debe tener interés público. Aunque sea un sector limitado de ese público, como en este caso, que es la comunidad de lectores (y trabajadores del sector) de la novela romántica.

Sencillamente, y tal como lo veo yo, publicar en Internet exige cumplir los mismos estándares que hacerlo en cualquier otro medio. Precisamente por ello, entiendo yo que quienes escribimos y quienes nos puedan leer en Internet, estamos amparados por los mismos derechos que cualquier otra persona. No es opinión de mi cosecha, claro, organizaciones y tribunales ya se han pronunciado al respecto.

¿Se cumplieron o no estos estándares o, más bien, los estándares análogos que establezca la legislación estadounidense? Ya nos lo contará el tribunal competente... De momento, todavía andan discutiendo si tribunal estatal o federal.

Mañana (espero) hablaré del segundo caso, ciberacoso.

lunes, 20 de octubre de 2014

Crítica: "Maravilla", de LaVyrle Spencer



Un clásico sobre personas normales que sobreviven en circunstancias difíciles. Y, además, se enamoran.
Portada de la 1.ª edición: febrero, 2013
Ediciones B, S.A., 2013
Para el sello B de Bolsillo
Diseño de cubierta: Estudio Ediciones B
Fotografía: Thinkstock

DATOS GENERALES

Título original: Morning Glory
Fecha de publicación original en inglés: 1989
Subgénero: histórica - 1941
Puesto en la lista AAR 2013: 25

Traducción: Laura Paredes
 
SINOPSIS (de la contraportada)

En vísperas de la Segunda Guerra Mundial, en un tranquilo pueblo de Georgia, Will Parker responde a un anuncio en el que se solicita un marido. Will, que se ha pasado la vida dando tumbos sin que nadie lo haya querido nunca, suspira por un hogar y el cariño de una mujer.

Elly Dinsmore, que tiene fama de estar chiflada, es una joven de veintiséis años, viuda y embarazada, que vive recluida con sus dos hijos. Cuando Will aparece, está encantada de tener a un hombre en casa, sin importarle las habladurías de los vecinos del pueblo.

Poco a poco, Will y Elly se van tendiendo mutuamente la mano y descubriendo una pasión profunda, que ninguno de los dos había sentido jamás. Pero un brutal asesinato destroza sus vidas, y la tragedia amenaza la felicidad que ambos llevaban tanto tiempo esperando alcanzar…

CRÍTICA

La sinopsis resume bastante bien de qué va la historia. Will Parker es un expresidiario que va cogiendo los trabajos que puede en el deprimido Estados Unidos de 1941. Vive miserablemente y, digámoslo alto y claro, llega a robar para comer. Con treinta años, parece que así será su vida. Pero entonces descubre un anuncio sobre una joven viuda que busca marido que la ayude con su granja.

En el pueblo consideran que Elly está loca. Embarazadísima y con dos niños pequeños, no puede con todo, así que acepta la ayuda de Will. A cambio de casa y comida, Will se queda a trabajar, esperando, a ver si se casan o no. Cosa que acaban haciendo. Will es trabajador, se lleva bien con los niños, respeta a todo el mundo y conecta bien con Elly.

Cuando Estados Unidos entra en la Segunda Guerra Mundial, Will es reclutado. Te cuentan un poco de sus experiencias. Hay una parte que se narra en las cartas, incluso un telegrama, que varios personajes, no sólo Will y Elly, se intercambian mientras él lucha en el Pacífico. El asesinato al que se refiere la sinopsis queda en la parte final del libro, cuando Will ya ha regresado de la guerra.

No me parece que sea la prototípica “novela de amor” de dos personas que se conocen, se enamoran y acaban juntos al final. No, es más bien una novela costumbrista protagonizada por dos personas que se aman, que narra con toda tranquilidad los sucesos cotidianos, como fregar el suelo, arreglar unas colmenas o ir al cine, todo un acontecimiento. Will y Elly son gente normal, sobreviven como pueden en una época económicamente complicada. Llevan una existencia sencilla y humilde. La experiencia de la guerra los cambia un tanto, aunque sin hacer un drama de ello, basta el realismo. Si has visto documentales con veteranos de la SGM, ves que Will da totalmente el tipo: voy, hago mi trabajo, me guardo lo que ocurrió y sigo adelante con la vida,… a pesar de que me ha cambiado y hay cosas de las que mi mujer se da cuenta. Estas personas corrientes encuentran la satisfacción personal en las pequeñas cosas de la vida.

LaVyrle Spencer tiene un estilo espléndido, reconstruyendo de forma muy creíble el ambiente de un pueblo de Georgia en 1941. Desde luego, a mi me ha llevado a otro tiempo y lugar en el que he pasado largas horas. La ambientación es detallada, pero sin sobrecargar el libro. Es dar un paseo tranquilo por otro mundo que hace décadas dejó de existir.

Los personajes se comportan de una forma muy propia de aquella época, con contención y respeto. En cierta forma, es como ver enamorarse a nuestros abuelos. Cuando se despiden porque Will ha de irse a la guerra es una escena tan visual, tan emotiva, que casi te la imaginas, en blanco y negro y con Vera Lynn cantando We’ll Meet Again. En realidad sí que sale en el libro otra canción de ella, The White Cliffs of Dover, cuando se preguntan si Will será destinado a Europa. Pero esa canción me gusta menos. En cambio, We’ll Meet Again siempre me conmueve, así que prefiero esa banda sonora para mis protagonistas.

Protagonistas que son muy formales en su trato, de manera que, muchas veces, lo importante no es lo que dicen, sino cómo se miran, lo que piensan pero no verbalizan. Me resulta terriblemente romántico. Esto exige reposo y atención, porque no todo es evidente.

Varios aspectos hacen que esta novela me resulte inolvidable y muy especial. La protagonizan personas normales y corrientes, un poco baqueteadas por la vida. Te traslada a otra época. Provoca emociones y nostalgia en más de un momento. Y lo hace con un estilo algo exigente. El lector, como ocurre con cualquier libro de nivel literario, debe hacer el pequeño esfuerzo de implicarse en la lectura para disfrutarla. No es que sea una novela complicada, pero tiene suficiente complejidad como para tengas que dedicarle una lectura concentrada durante varios días. O sea, no es una novelita ligera que te lees en un suspiro.

Esto se refleja en las diferentes opiniones que puedes leer en internet. Unos te cuentan que les encantó, que les pareció dulce, tierna, nostálgica o preciosa, una maravilla como su nombre. Y otros se aburrieron, o no lo terminaron porque se les hizo pesada.

Maravilla fue elegida mejor romance de 1989 en los premios RITA. Es un clásico que llevaron al cine en 1993 con Christopher Reeve en el rol protagonista. Además, alcanzó el puesto décimo en la lista de mejores romances del siglo XX que hizo The Romance Reader. Ha estado en las listas AAR de 1998 (puesto 56), 2004 (13), 2007 (81) y 2010 (59). En la página Squidoo fue incluida entre las diez mejores novelas románticas de todos los tiempos. A pesar de ello, no se tradujo al español hasta hace poco, y ganó aprecio inmediato, porque la encontramos en El ajuar de la lectora romántica.

El título, Maravilla, es la traducción de Morning Glory, denominación que abarca diferentes especies de flores, entre las que podemos encontrar esta:

Ipomoea nil, fuente: wikicommons
Sí, habría preferido que pusieran algo así en la portada.

Creo que transmitiría mejor la idea subyacente en el libro de que la belleza de la vida, el goce, puede estar en las cosas más comunes y corrientes. Una tesis que personalmente me resulta atractiva. Más cuantos más años cumplo y más “grandes cosas” me decepcionan.

Valoración personal: sobresaliente, 5

Se la recomendaría a: sobre todo, a quienes no leen novela romántica, como ejemplo de una buena novela, literaria, que al mismo tiempo contiene la historia de dos personas que se quieren.

Otras críticas de la novela:

En español, tenemos unas cuantas: Alea jacta est, Novelas Románticas: Críticas y opiniones, Book Eater le hace una reseña exprés, Nanny Books y Soy cazadora de sombras y libros. Además, hay crítica en El rincón de la novela romántica.

En inglés, tenemos crítica en All About Romance y en Dear Author.  

Comme d'habitude, la ficha en FictionDB

No hay otras novelas de LaVyrle Spencer en el Desafío AAR.

LaVyrle Spencer es una autora bastante traducida en español. Otras novelas suyas de las que he leído buenas críticas, son:

-       Hummingbird (1983, histórica/Oeste). A pesar de tener más de treinta años, sigue leyéndose: en la miniencuesta de All About Romance de 2014 dedicada a los libros ambientados en el Oeste, logró el octavo puesto; en la misma versión de esa encuesta, pero del año 2007, había estado en puesto decimotercero. Ganó el premio Golden Medallion (antecesor de los RITA) al mejor romance histórico. Los lectores de The Romance Reader la eligieron en el puesto 19 entre las mejores novelas románticas del siglo XX. No entiendo cómo es posible que aún no la hayan traducido.
-       Twice Loved / Dos veces amada (1984, histórica) Otro premio Golden Medallion al mejor romance histórico
-       Years / Los dulces años (1986, histórica)
-       Small Town Girl / La chica del pueblo (1997, contemporánea)

Ediciones en España

-       Maravilla (2010) Ediciones B, S.A.
-       Maravilla (2013) B de Bolsillo

sábado, 18 de octubre de 2014

El canon de la novela romántica (3): Lo efímero y lo clásico


Cuenta Somerset Maugham, en su prefacio a Servidumbre humana, que cuando se publicó por vez primera en el Reino Unido, esta novela 
“triunfó modestamente, pero no conmovió al mundo, y parecía estar condenada al mismo destino que la mayoría de las novelas, es decir, a caer pronto en el olvido”. 
Fue luego, al publicarse al otro lado del Atlántico, cuando llegó el verdadero éxito.


Kathleen E. Woodiwiss en 1977
Fuente: wikicommons
Fotografía de Joan Bingham
Asumamos como natural que la mayor parte de las novelas se publican, se leen y luego como dice Somerset Maugham, caen en el olvido. Aunque tengan cierto éxito. Sólo unas pocas consiguen reeditarse. Las que consigan seguir publicándose después de muerto el autor serán clásicas.

Pasa lo mismo con cualquier producto cultural. En el cine, por ejemplo. Dentro de las artes plásticas, Lafuente Ferrari consideraba que la historia de la pintura estaba formada no sólo por las cumbres sino también por las llanuras. Y no olvidemos el repertorio lírico: de las miles de óperas compuestas, posiblemente no lleguen a una docena las que alcancen cien representaciones anuales en todo el mundo. Vamos, como el fútbol: de cada mil partidos apenas diez habrán sido apasionantes y sólo uno pasará, con mucha suerte, a la historia.

Creo que esta idea de lo efímero de tantas producciones humanas es el marco en el que hay que entender afirmaciones como las del bloguero Berlatsky de que la ausencia de un canon, o de cualquier sistema de validación crítica hace que novelas importantes de la novela romántica desaparezcan, descatalogadas.

No creo que esté acertado. Es verdad que ya desde la Antigüedad los sabios alejandrinos establecieron determinados libros como modelos a seguir, dentro de cada género literario. Y esto lleva a un cierto esfuerzo consciente por conservar lo bueno. Pero de cuatro mil años de literatura, de Enheduanna en adelante, muchas veces las cosas han sobrevivido –o desaparecido- por puro azar, y por circunstancias ajenas a su calidad intrínseca.

No es la ausencia de estudios académicos lo que hace desaparecer las obras. Cosas alabadísimas en su momento por los entendidos han desaparecido después del radar del público lector. Repasad la lista de los Nobel.

Y a la inversa. Incluso cuando los “sabios” abominan de algo (como hicieron los Ilustrados con el teatro barroco, por ejemplo) las obras buenas pueden sobrevivir. Los lectores tienden a proteger lo que les gusta.

La mayor parte de las novelas del género romántico, como de cualquier otro, se descatalogará. Empezando por los cientos o miles de Harlequines que se publican al año. Las que merezcan la pena seguirán encontrando lectores entre las nuevas generaciones. A esas es a las que considero clásicos del género. Que es una forma de entender el canon, la personificada por Coetzee en el artículo “Coetzee y Bloom. Dos formas de abordar el canon literario” de José-Luis Muñoz, donde leemos:


“Lo clásico sobrevive, por adversas que sean las circunstancias, porque hay generaciones de personas que no se pueden permitir ignorarlo. Horacio afirmó que si una obra sobrevive cien años después de ser escrita es que esa obra debe de ser un clásico. Coetzee afirma algo parecido, al sugerir que la interrogación al clásico forma parte de la historia de la obra. El clásico se define a sí mismo por la supervivencia, concluye, y si necesita ser protegido del ataque de la crítica no podrá probar que es un clásico.”


Mutatis mutandi, las difuntas Georgette Heyer o Kathleen Woodiwiss siguen captando nuevos lectores. Diez o veinte años después de su publicación, siguen reeditándose novelas de Judith McNaught, Diana Gabaldon, Nora Roberts,…

¿De más de cien años como afirmó Horacio? Bueno, aún no ha tiempo suficiente desde la primera novela romántica “moderna” si consideramos como tal La llama y la flor (1972).

Sin embargo, los lectores suelen tener un concepto bastante amplio de “novela romántica”. No es extraño que lean y relean novelas de la literatura clásica que incluyen en el género: Jane Austen, desde luego, pero también Jane Eyre (1847) o Villette (1853), de Charlotte Brontë; Norte y sur (1855) de Elizabeth Gaskell; o Una habitación con vistas de E. M. Forster (1908). Esta es la tesis de Pamela Regis en A Natural History of the Romance Novel (2003), quien además de algunas de esas obras, menciona la Pamela de Richardson o Framley Parsonage de Anthony Trollope.

En suma, en este género hay ya novelas que se pueden considerar clásicas porque siguen encontrando lectores en las nuevas generaciones. Porque tal vez los estudiosos aún no hayan construido el canon pero, desde luego, sí que existe ya una tradición con obras icónicas.

Lo que me queda claro es que, al final, somos los lectores quienes convertimos a determinadas obras en clásicos.